¿Por qué me gustan las locomotoras a vapor?
Yo tenía siete, ocho años, y vivía en Laferrère entre el 65 y el 68. Todo estaba por hacerse. Nuestra casa la levantó mi viejo con sus manos, ladrillo por ladrillo, los fines de semana.
A la tarde yo salía a la vía. Me decían que el tren venía de Rosario y yo me quedaba hasta que pasara entero. Primero llegaba el silbato, largo, grave, que el viento del campo traía minutos antes. Después aparecía la Henschel, negra, poderosa, tirando ochenta, noventa, a veces cien vagones grises y algunos marrones de madera. Yo los contaba. Al final, en el furgón de cola, el guarda me saludaba con la mano.
Mi viejo todas las mañanas hacía quince cuadras en bicicleta hasta la estación, dejaba la bici atada y tomaba el Belgrano hasta el centro. Trabajaba en una sastrería en Lavalle y Tucumán, para un judío polaco escapado de la guerra. El hombre lo quería como a un hijo, aunque tenía dos propios.
A la noche volvíamos a buscarlo. Mi mamá y yo íbamos a pie por el costadito de la vía, con el sol de noche de kerosene en la mano. No éramos los únicos. Éramos una fila de luciérnagas humanas, vecinos que volvían igual, saludándonos casa por casa.
Una vez mi viejo me llevó al trabajo. Me vistió como él: pantalón corto, saco, camisa y corbata. Buenos Aires era paqueta entonces, todo el mundo bien vestido y con mucho ruido. Bajamos al Subte A. Todavía recuerdo ese olor a quemado de los coches viejos de madera, un olor a ozono y freno que a mí me parecía placentero.
En la sastrería yo no tocaba nada y hablaba menos que ahora. Me senté quieto en una silla alta. El polaco me miró, metió la mano en esos bolsillos profundos de sastre y me dio unos caramelos.
En el andén mi viejo me compraba un pancho con mostaza. Otras veces, en vez del pancho, íbamos a Once. Comíamos pizza al mostrador, en esas banquetas altas de cuerina, sobre Pueyrredón, frente a los arcos del mercado y la plaza. El olor era tremendo, embriagador, a queso y a horno a leña.
Mi viejo volvía con el trabajo en una bolsa y siempre algo para comer, un dulce. Todo con esfuerzo, todo con orden.
A veces siento nostalgia y si me preguntan qué tiempos prefiero, elijo esos. No solo por mis viejos queridos, sino porque el país estaba en un punto claro de su historia. Se correspondía con lo que debía ser: un país serio, avanzado, donde las cosas se hacían.
Ojalá ese país se pueda reencontrar con este, para los que vienen.
